Ninguna obra literaria surge al margen de un grupo social, de un contexto cultural que le confiera sentido. La cultura, según palabras de Rodolfo Kusch[1], es un baluarte simbólico para sus integrantes, que otorga una significación a la propia existencia desde la cual se puede resistir e incluso donde se puede refugiar. A la vez, la cultura resulta de un conjunto de situaciones históricas determinadas.
En nuestra América los autores han sido influenciados por la cultura europea y en sus obras se entremezclan mitos europeos y amerindios, constituyendo de este modo una literatura cosmopolita, que se visualiza como única al presentarnos este mundo mágico cargado de mitos y símbolos relacionados principalmente con la tierra y la cultura del lugar que se habita.
Nuestro suelo americano es el campo propicio para el mito, pues éste indaga las cuestiones más profundas del mundo y de la vida, a la vez que busca lo propio, lo singular en relación con el mundo del símbolo, para destacar así su valor universalizando su arte.
En Latinoamérica en general se da una especial relación de identificación del hombre con la tierra. La protección y destrucción que ésta ejerce sobre sus hijos es tema recurrente dentro de nuestra literatura. Asimismo encontramos al hombre que viaja hacia el reconocimiento de su identidad, que por un lado transita el espacio geográfico y por otro camina por las sendas interiores de su ser.
Autores de diversas épocas y tradiciones teóricas se han preocupado en estudiar que el concepto de suelo, humus, tierra, más allá de muchas diferencias y matices, ha sido un lugar común del intelectual americano para explicarse su propio entorno.
En este trabajo interesa destacar el profundo influjo del suelo en las personas oriundas de él, en tanto el paisaje imprime su sello en un perfil humano.
Las emociones que el paisaje sugiere influye en el carácter de la raza. Se dice que el paisaje es la flor de su espíritu.
Carlos Astradaexpresa que el ser sí mismo plenamente está no sólo en función de su época y sus convivientes, sino también de su tierra, del genus loci, del numen del paisaje. Lo telúrico determina al hombre desde su origen. El hombre es siempre desde su tierra, su tiempo y su paisaje historizado.
Llegamos al supuesto incuestionable de que existe una humanización del paisaje, una humanización de la tierra en la que se ha nacido y se habita[2].
Las culturas precolombinas y la cultura americana actual están determinadas por la tierra.
En la novela de Gioconda Belli, la aborigen Itzá recalca retóricamente determinados momentos de su tiempo histórico dentro de ese suelo para integrar sus diferentes manifestaciones culturales.
La visión del medio como emoción frente al paisaje tiene en la novela un lugar especial.
Era un día claro. El paisaje se descalzaba a sus pies, desnudo de niebla... el lago. La hilera de volcanes azules, se extendían a lo lejos, salientes, yertos, majestuosos. Más cerca, la vegetación de las montañas deshaciéndose en faldas hacia el valle de la ciudad...[3] (Pág. 304)
Ante la belleza del paisaje, Lavinia siente que bien vale la pena morir para gozar ese instante de identidad y para que algún día ese paisaje le pertenezca a todos.
Precisamente ese paisaje añorado, con el que ella soñaba cuando estaba en el viejo continente representa su noción de patria. Por ese suelo, de volcanes imponentes bañados por lagos y donde la exuberante vegetación muestra sus verdes con orgullo, podía comprender los sueños casi descabellados del Movimiento.
Esta tierra cantaba a su carne y su sangre, a su ser de mujer enamorada, en rebeldía contra su opulencia y la miseria. (Pág. 304)
Estaba convencida que ese suelo era el reflejo de su identidad. Por él no dudaba en perder la vida.
Lavinia sintió el tumulto de sus venas, la fuerza de todas las rebeliones, la raíz, la tierra violenta de aquel país violento e indomable... supo entonces que debía cerrar el último trazo de todos los círculos. (Pág.356)
El paisaje nicaragüense conjuga costas con playas caribeñas, volcanes, lagos, llanos y selvas, lo que convierte al lugar en un paraíso que representa un verdadero tesoro para todo hombre que tiene la posibilidad de contemplarlo.
Lavinia muere intentando salvar al suelo para que nadie pueda apropiarse de esa tierra a la que su cuerpo vuelve transformado en humus y vegetación.
Nadie poseerá este cuerpo de lagos y volcanes;
Esta mezcla de razas, esta historia de lanzas;
Este pueblo amante del maíz,
De las fiestas a la luz de la luna,
Pueblo de cantos y tejidos de colores.(Pág.357)
El encuentro entre Itzá y Lavinia confronta la historia de dos mujeres diferentes, unidas por el hecho de haber nacido en la misma tierra y tener que afrontar la lucha en defensa de sus ideales.
Adolfo Colombres[4] nos dice que los hombres son los que crean a sus dioses y cabe inferir que los valores esenciales de toda cultura son proyectados a una zona sagrada para preservarlos de los desgastes del tiempo y de la historia.
Cuando hablamos de zona sagrada, nos referimos y aludimos a un espacio de alta significación, que se opone al orden cotidiano, sometido a un permanente deterioro y expuesto a la banalización.
La casa de Lavinia –herencia de la tía Inés- y especialmente el naranjo florecido constituyen – según nuestra interpretación- la zona sagrada del mito dentro de la novela que nos ocupa. Decimos esto porque es el espacio de la revelación, fuera de este espacio no hay posibilidad de permanencia, por ello tiene especial importancia la constante evocación del naranjo, árbol sereno que refuerza el sentido de lo real y el mito y baña con los resplandores de lo sagrado toda conducta inspirada en la acción arquetípica, enriqueciendo así la vida.
Centenares de años separan las realidades de estas dos jóvenes mujeres que se funden en la novela de Gioconda Belli, quien con maestría las relaciona, para hacer llegar, a través de sus voces, la crítica de la situación histórico-social que, América Latina en general y América Central en particular, han vivido. En este sentido, encontramos en los relatos de Itzá críticas a la dominación española:
¿Quién podrá saber cómo sería ahora todo este territorio si no se hubiera dado muerte a chorotegas, caribes, diriones, niquiranos?... Los españoles decían que debían “civilizarnos”, hacernos abandonar la barbarie. Pero ellos, con barbarie nos dominaron, nos despoblaron. (Pág.97)
En palabras de Lavinia encontramos la crónica de la realidad de la lucha civil de la década del setenta:
La ciudad estaba alborotada de protestas... la población azuzada por grupos de estudiantes y obreros, se lanzaba en manifestaciones, mitines nocturnos en los barrios...
En la universidad se quemaban buses, se organizaban fogatas por la noche; ...El clima de las calles era bélico y fogoso. (Pág.101)
El mito resiste el tiempo, porque acontece en un tiempo inacabable. A través de Itzá la autora recupera el pasado ancestral, lo actualiza. Esto salva al mito de convertirse en un círculo asfixiante, de lo irreversiblemente perdido. La aborigen reafirma la idea de que la lucha vale la pena, que todo puede ser reconquistado y recreado, mientras se esté dispuesto al sacrificio, tanto de una parte de la vida para ganar otra, como de la vida de uno o más individuos en aras de un fin social, pues, como expresa Colombres, no puede haber mayor aspiración para el hombre que la de entrar en la zona sagrada del mito.
Itzá en Lavinia revivirá todo lo que significó su lucha –junto a Yarince- contra los conquistadores y bañará el relato con creencias de la cultura aborigen, donde el sentimiento y la emoción tendrán mayor importancia que la razón. Pues, como expresa el psicólogo Guillermo Steffen,[5] la cultura aborigen menciona el corazón, más que como un órgano, como una facultad psíquica que, a la vez, ve y siente. El juicio desde el corazón en la cultura de Itzá y el saber indígena que a través de ella se refleja en la novela, nos conecta ante todo con el hecho puro de vivir y se abre a la trascendencia. En Itzá, igual que para todo aborigen, el no saber es mucho más grave que la mera ignorancia, el no saber representa en ella la ausencia de la revelación. Lavinia en un primer momento todo lo racionaliza, Itzá nos dice que piensa demasiado, es por ello que duda, no siente como ella, trata de evadir sus sentimientos más profundos, hasta que llega a su vida Felipe. Él, al igual que Itzá, tiene otros ideales, que en Lavinia se hallan ocultos y en silencio según la propia Itzá nos expresa:
Lavinia guarda grandes espacios de silencio. Su mente tiene amplias regiones dormidas. Me sumergí en su presente y pude sentir visiones de su pasado. Cafetos, volcanes humeantes, manantiales, envueltos en la densa bruma de la nostalgia. Trata de entenderse a sí misma. Es complejo este surtidor de ecos y proyecciones. (Pág. 56)
Quiere entenderse y encontrarse a sí misma.
La joven arquitecta al conocer la realidad e ideales de los otros, siente que su rebelión- de niña bien que deja la casa de sus padres para independizarse- no significa nada frente a la meta de aquellos.
Mi presencia ha sido cuchillo para cortar la indiferencia. Pero dentro de ella existían ocultas las sensaciones que ahora afloran y que un día entonarán cantos que no morirán. (Pág.101)
Hasta ese momento Lavinia estaba sumida en el mundo exterior, influenciada por los prejuicios y valoraciones de su clase social. Luego comienza su viaje hacia lo más profundo de sí misma hasta llegar a ese margen de prehistoria que todos padecemos. Ha encontrado a los otros, luchará por ella y por los demás junto a Felipe, al igual que lo hizo Itzá junto a Yarince cinco siglos atrás.
Nuestra herencia de tambores batientes ha de continuar latiendo en la sangre de estas generaciones. Es lo único de nosotros, Yarince, que permaneció: la resistencia. (Pág. 98)
Itzá en Lavinia siente su sangre, pero no es ella. No es ella vuelta a la vida. Itzá representa sólo el eco de una sangre que también le pertenece. Itzá expresa:
hemos convivido en la sangre y el lenguaje de mi historia que es también la suya, ha empezado a cantar en sus venas.
Al acercarse al otro y al conocerlo, Lavinia comienza paulatinamente el camino hacia su propio encuentro. Su vida hallará un ideal por el cual luchar, un ideal donde su existencia tendrá sentido siempre que sirva a los demás. Dejará su yo para ser nosotros.
Actuarían como un solo cuerpo, movidos por un mismo deseo, una misma inspiración... tuvo la sensación de haber alcanzado una identidad con la cual arroparse.(Pág. 337)
Cuando Lavinia toma la decisión de ingresar al Frente Sandinista de Liberación Nacional, no lo hace sólo por no querer ser solamente la ribera del río de Felipe; lo hace porque comienza a creer que es la oportunidad que tiene de acercarse al otro y de reconciliarse con su pasado lleno de carencias afectivas.
Nunca pensó que pudiera sentirse así de plena...en medio de aquellas personas que se atrevían a soñar... la certeza de haberse encontrado por fin, de haber arribado a puerto. (Pág. 336)
Quiere luchar por sus ideales y a través de ellos poder trascender. Su paso por el mundo dejará huella. Es el pensar propio que la lleva a seguir la senda de la batalla. Al fin se había puesto las alas y volaba. Sabe que puede morir, pero la muerte terminará con su vida no con sus ideales.
Ya no se irá de la tierra como las flores que perecieron sin dejar rastro. (Pág. 167)
El paisaje americano posee un suelo valiosísimo y un paisaje dotado de un halo maravilloso que abarca todos los matices y es tierra propicia para todo lo trascendente.
Lavinia al recibir el influjo del suelo y de sus raíces, al observar donde estaba situada, ve en la tierra el reflejo de su identidad, es entonces cuando emprende el viaje más arduo de todo ser humano: el encuentro consigo misma, y desde su interior la búsqueda de la meta que le dé sentido a su existir.
[1] AAVV Kusch y el pensar desde América. Buenos Aires: Editorial Fernando García Cambeiro, 1989.
[2] El influjo de los distintos factores, todos ellos relacionados con el clima y el paisaje han sido investigados y comprobados por la antropología científica, y también han sido asunto de la geopsique o geobiología.
[3] Gioconda BELLI. La mujer habitada. Buenos Aires: Emecé editores, 1998.
[4] Adolfo COLOMBRES y otros. Hacia una teoría americana del arte. Buenos Aires: Ediciones del sol, 1998.
[5] Guillermo STEFFEN. Estar en América y el encuentro con el otro. Buenos Aires: editorial centro de estudios latinoamericanos, 1990.